“El hecho de vivir deja secuelas”

Regresaba a casa, y entrando en el garaje “Ismael Serrano y Nach” me han cantado “Ellas”. En el móvil tres llamadas perdidas que no quise contestar. En la mochila los restos del naufragio de ayer. En las suelas de mis zapatillas, el cansancio acumulado desde el sábado, y las heridas y las huellas en las marcas de mi camiseta verde y sucia, sin cambiar desde el viernes. “Solo se que veo todo negro”, lo canta Naranja, no lo digo yo. Loli quedó en el hospital con sus padres. La niña con los míos, y yo mañana a trabajar. A Loli la atropelló un coche el viernes y ya no es la misma desde ese preciso momento. Lo siento, se que esperabas te contase una historia alegre, pero no hay un pronostico favorable para evitarme las lagrimas, esto es lo que hay, y problemas tenemos todos. No tengo apetito, hoy el desorden de nuestra casa que tanto lamentamos el miércoles me parece una profunda estupidez. “¿Cómo se sale del agujero?”, lo canta Naranja, no lo digo yo. Las llamadas eran de Satur, de Urbano y de Maxi, ya les habrán contado y querrán acompañarme. “Es suave la voz”,  de “Mi capitan”, la canción de Loli, me suena ahora en la cabeza. La amo, y no podré vivir sin ella.

El paraguas rosa.

Por los efectos del mar Cantábrico y de las cervezas y de las influencias sensualmente sonoras del “False Alarme” de Matoma & Becky Hill, y de las otras danzas, te conocí en agosto del año pasado y ya vivimos juntos, te plancho la ropa y te hago reir. Por los efectos de la casualidad, de la música, de las expectativas, los deseos, las coincidencias, la sincronía de nuestros calendarios, hemos ido rodando. A veces nos enfadamos, hemos cambiado nuestros hábitos, dormimos juntos y me he aficionado a las croquetas de morcilla, tu especialidad. Por efectos de los primeros cafés y de las cervezas nos hemos ido encontrando, conociendo, respetando, muchas, soportando. Ahora me afeito tres veces por semana, he cambiado mi marca de jabón y champú para las duchas, frecuento mas camisas, tomo mas fruta, cenamos muy a menudo fuera de casa, me es familiar Torrelavega porque allí viven tus padres, y Solares, porque allí vive tu hermana. Ahora tengo una cazadora de cuero, he ampliado mi circulo de amigos con los tuyos, y estoy mas equilibrado y satisfecho. Ahora muchos fines de semana los hacemos en Gijón, en el piso de tus padres. Ahora bajamos a Bilbao algunos viernes para estar con tu amiga Leire, yo soy amigo de Raúl, hemos estado en Miranda y en Logroño. Ahora tengo un paraguas rosa, sin duda soy mas feliz.

Melanie.

“Zaloa, metafóricamente hablando,  me he pasado el día entre alambiques, fornituras, molduras y tratamientos. En consecuencia, permíteme ahora que me desmelene un rato bailando enloquecidamente, ¿te parece”. Eran las once 49, y Melanie, la amiga de Zaloa se movía entregada a la causa con el “Be mine” de Offenbach. “Melanie, metafóricamente hablando, yo también me he pasado el día entre remiendos, jodiendas, zafarranchos y trompicones”. Y al fondo de local, mirándolas, el tipo de la camisa blanca con dibujos de dinosaurios. El de la perilla con bigote. El de las gafas amarillas. El de los pantalones verdes. El que se llama Markel. Con su amigo Beñat. El del tatuaje , los ojos verdes y la camiseta de palmeras. Con el “We don´talk anymore” de Charlie Puth, los cuatro se fueron aproximando”. Y comenzaron un diálogo de besugos. “Soy un chapucero”, dijo Beñat. “No va a poder ser”, comento Zaloa. “En el episodio 14”, se lanzó Markel. “Yo, solo los martes”, se arrancó Melanie. “Mi especialidad son las croquetas”, insistió Beñat. “Sabanas naranjas, mejor que blancas”, apuntilló Zaloa. “Manejo bien el powerpoint”, resalto Markel. “Aunque no figure en el acuerdo”, detalló Melanie. Y después de las risas que te cuento salieron del local con el “Sugar de Maroon. El final de la historia, la imaginas.

 

Zaloa.

Conocí a Zaloa por casualidad, el 3 de enero, porque ella y sus cuatro amigas pasaron por el Nekue café, y detrás de la barra estaba yo. Diez minutos después de conocerla ya tenía su número, una hora después nos whatsapeábamos, el fin de  semana siguiente me acerque al piso de Tudela, el que comparte con Melanie, y hasta hoy nos  hemos visto diez veces, con esta once. Zaloa llamó mi atención por su manera de vestir, tan galãctica. Pantalones y cazadora plateada, botas y camiseta negra, y el bolso cual lata de sardinas. Dice Zaloa que no le importa que ahora tenga novia, que así mejor, y por mi, bien. Dice Ainara que tonterías las justas, y que si estamos juntos, nada de enredos con terceros. Y digo yo que no me conviene desperdiciarme en régimen de exclusividad, con límites,  que aun soy muy joven para frecuentar los mismos lugares. Y digo yo que no es inteligente ser único, que mejor múltiplo de varias. Y digo yo que mejor carta que menú del día. Ayer libraba en el Nekue, y le dije a Ainara que bajaba a Tudela, tarde, noche, y mañana, para ver a mi hermano. A las siete me pase por el piso de Zaloa.  A las siete y diez estábamos en la primera de las terrazas de la plaza Los Fueros, discretos, formales, correctos en público. Continuamos por mas tabernas y lugares de alcohol. A las doce menos cuarto subimos al piso, directos a las artes plásticas. A las 8 treinta saltamos del edredón verde. En la emisora músical, Luis Fonsi, cantaba otra vez, “Despacito”.

 

Sin excesos.

“Sí un día alguien pregunta por mi, di que viví para amarte. Antes de ti, sólo existí, cansado y sin nada para dar”, cantaba Salvador, y ellos, en familia, juntos, veían el festival de Eurovisión sentados en el sofá del salón. “Si tu corazón no quiere hacerlo, sentir la pasión, si no quiere sufrir, sin planear lo que vendrá después, mi corazón puede amar por los dos”, cantaba el portugués, Coral, sentada con ellos en el rincón,  y la imagino emocionándose. Coral, la hermana de Nina,  una de esas frágiles criaturas que crecen y siguen soñando. Aplicada en todo. Tierna, delicada y dulce, humilde.  Tuvo la desafortunada actitud de elegir la sensibilidad para ser y sentir. Vive aun con sus padres,  con dos de sus hermanos, en la plaza de las batallas. Instalándose en el cuidar de ellos, porque es lo que tiene que hacer. Dosificada, reprimida, huyendo de excesos y excentricidades, porque de otra forma no puede ser. Tranquila y trabajadora. Lista, prudente, dócilmente curiosa. Inquieta y generosa. Ella, con la sonrisa difícil y escondida, mochila y uñas verdes, preciosa, delicada, delgada. De cabello castaño y ojos marrones, hermosa por la edad, 28, saliendo de una relación reciente rota. Seriamente, la primera. Discreta. Consumidora de cafés, amiga de grupo y rutinas decentes en tardes y noches de viernes, sábado, domingo, con horario prudente de regreso a casa. Mujer también con expectativas, deseos, secretos. Coral me parece salvajemente atractiva por su inocencia. Es intensa y distinta, en la plenitud de dos palabra acogedoras y amables. Coral es estupenda compañera, fácil conversadora, promotora de actividades sin caprichos, incansable escuchadora para los momentos difíciles, y mi amor platónico desde que estudiamos enfermería juntos.

10.

Hay 67 bancos para sentarse en el parque de San Vicente. Itziar, la peluquera, ha elegido una palabra para cada uno de ellos, pero esa es una historia que otro día te contaré. Hay 67 bancos para sentarse en el parque de San Vicente, y ella ha elegido una canción para cada uno de ellos. En el banco que está junto a la puerta del colegio, escucha “Perdóname”  de Pablo y vuelve a enumerar la lista con todos los errores cometidos que escuecen sin paralizar. En el 14, “No es lo mismo”, de Alejandro, para repasar las malas artes de las trampas, los trucos,  los engaños, las artimañas, las argucias y mentiras. Para el que está junto al kiosko de los periódicos, “Tu enemigo”, de Pablo, para renovarse enfrentada a las divisiones, los frentes, los bandos, los clanes, las tribus, los clubs privados, con privilegiados carnés de favoritos, elegidos, y perdedores, en conspiraciones. En el 12, “Insurrección” de Manolo y Miguel, reivindicándose suya. Para el 67, “El cambio interior” de Coque, queriendo alejarse de circos, teatros, comedias, festejos y saraos. La canción del banco que mira los columpios y las terrazas de cafés, “No tan deprisa” de Joaquín, ¡faltaría mas!, sintiéndose cuentista acompañada, desertando de espejismos. Y así hasta 67, incluyendo el “Sueño con serpientes” de Silvio,  “La belleza” de Luis Eduardo, el “Hemicraneal” de José Manuel y David. Y el “Yo canto” de Laura.

 

Noticias de sucesos.

Damián es uno de esos entrañables abuelos, agarrado desde niño a festejar cada uno de los días pendientes. Soraya y Rebeca son dos de esas divertidas y cariñosas abuelas, entregadas desde niñas a sonreir, abrazar, amar, distribuir felicidad. Volvía a encontrarme con ellos en una de esas jornadas organizadas para ampliar la solidaridad, para acariciar los vínculos entre autómatas que viven deprisa en los  barrios, colapsados, caricaturas, embutidos en  agendas con bastantes dosis de saturación, estupidez, sinsentido y mediocridad. He de reconocerte que yo llegaba a la cita erosionado, frágil y sensible, por la muerte de mi madre hacía once días, por escuchar repetidamente en el coche el “Angels” de Robbie Willians, por las búsquedas, por las palomas ocupando la terraza, y por la lavadora estropeada, y por las noticias de sucesos en los informativos hablando de ascensores que se caen, ciclistas atropellados, hinchables que vuelan, padres que matan a sus hijos,  por las muchas tontadas en los medios digitales, porque no leen, por el raca raca y raca del “Despacito” y del “Súbeme la radio” invadiéndonos, y porque no decirlo, porque era mi cumpleaños, y cumplía 50. Cada tramo de edades conduce a consecuencias, entre las personas sensatas, y yo a mi edad, esos días, primavera, replanteaba los dibujos, los colores, las palabras de mi ruta vital, orientada hacia la caducidad. Esa tarde de jueves escuché a Damián, a Soraya y Rebeca porque estaba en sintonía para escucharles, eran testimonios, ejemplos de ser y estar, desde  lugares mas humanizados. Nos dirigieron a los asistentes a la sala sus palabras, nos contaron sus experiencias, y provocaron un debate. Me regalaron vida. Mas optimista y ágil, útil, sensible y sentido, impulsado y fortalecido , regresé a casa cantando en el coche.  El “Siglo XXI” de Sidonie.   El “Solar” de Dorian.  “Jugaré en las venas del viento, será solar, finito y tan sencillo, sobre el mar”.

En la mesa 9.

Entrabamos por la puerta del Anderu café y Lorde cantaba “Green Light”. Malena y Diego, padres entregados, se reían por la ultima tontería de los críos. Nos sentamos en la mesa 9, Casandra preguntó rápida que queríamos tomar y Marino se acerco a la barra para pedirlo. Eran las siete de la tarde, en un día preveraniego en Santander con sol. Veniamos de enseñarles mi nuevo piso alquilado en la calle Santa Lucía, y celebrábamos que todos, menos Marino y Jorge, somos vecinos de calle. Yo, a ratos. “¿Cómo va todo Mikel?, me preguntaron”. Yo les conté de mis premios, de los éxitos, de los proyectos y planes, de las oportunidades, de los viajes, de las propuestas, los aciertos, de los acuerdos, de mi agenda. “¿Cómo va todo Jorge?”, le preguntamos”. Y nos habló de la insatisfacción, de las expectativas sin alcanzar, de sus carencias, fracasos,  angustias,  tristezas, limitaciones, torpezas, dificultades, carencias, errores. Me levanté para ir al baño, Enrique Iglesias cantaba “Súbeme la radio”, y al levantarme mi vaso se estrelló contra el suelo, quizás por las vibraciones de mis pensamientos perturbados, entretenidos en lugares mas densos y complejos. Venia del baño, Luis Fonsi cantaba “Despacito”. Por aquello de mis patologías de autor aficionado que busca conectarse a la realidad, regresé a la mesa, y anoté en mi libreta de escritos la idea para una próxima historia inspirada en los acontecimientos y las canciones de esa tarde…”Jorge lleva siempre la radio  encendida, muy alta, para no escucharse. Yo se lo dije, le invité a ir despacito. Pero Jorge prefiere entretenerse con las otras canciones de fuera. Yo se lo conté, pero no me escuchó. Él sigue aun esperando revuelto, resentido, triste, enfadado, ansioso porque todo cambie, a la manera mágica, esperando la “green light”.

Nelua.

El último fin de semana de abril nos reunimos en Valladolid. Nos alojamos en el hotel Ozoe de la plaza Circular. Y fuimos 150 personas, 62 mujeres y 88 hombres. Llegamos de todos los lugares. Era el primer encuentro de Nelua. Las actividades fueron en el auditorio y en tres de los salones. Estuvimos también de Baleares y Canarias. Todos recordaremos el video final con nuestras fotografías en el hotel y por las calles de Valladolid, con el “Green Light” de Lorde. Todos lo convertimos en la banda sonora de la experiencia única. El verde esperanza inundándolo todo. Aarón, Maider, Mikel, Irene, Natividad , Ezequiel, Marino, Fuco, Inés, Itziar y Justo, Alejandra, Macarena,  y Marcos, los impulsores de todo aquello. Y el centenar de las otras y los otros enfrascados  en las temáticas vinculantes entre complejidad, incertidumbre, sufrimientos y fragilidad, relaciones personales y de pareja, precariedad laboral,  sector peluquero, medicamentos, farmacias, chucherías, fruterías, flores, cafés, negocios y gestorías, y establecimientos de panadería. Abrió el encuentro Aarón, como coordinador general: “Podemos seguir distrayéndonos por los callejones de la estupidez, pero hay una realidad que nos domina, somos prisioneros de una forma de vivir que nos arruina, para imponernos las competiciones, las cuentas de resultados, las ecuaciones despersonalizadas, los radicalismos de cifras sin letras, distrayéndonos con tecnologías y consumos, y huimos de responder la pregunta…¿A qué vinimos?”

En la plaza San Justo.

Aquella segunda noche recorrí Toledo por los cobertizos y los callejones, paseando otra vez, con mi banda sonora del momento. Cantaban Los planetas “Nosotros somos los zíngaros”, y yo atravesando la plaza San Vicente en dirección a la plaza San Justo.  Cantaba Love of Lesbian, “Planeador” y yo fotografiando la escultura de Santa Teresa.  Cantaba Coque Malla “Santo, Santo” y cruzaba la sinagoga de Santa María La Blanca en dirección al parque del Transito.  Cantaba Sidonie,  “No se dibujar un perro”, y yo en dirección a la plaza de El Salvador por la calle Santa Úrsula. Cantaba Iván Ferreiro, “Casa, ahora vivo aquí”, yo junto al escaparate de la farmacia, en la calle Hombre de Palo. Por la calle Tornerías, cruzando la plaza Mayor y bajando por la calle de  Sixto Ramón Parro,  Miss cafeína cantaba “Mira cómo vuelo”, y volví a llegar a la plaza de San Justo. No fue una ruta improvisada. Había quedado allí con Carola, a las doce, porque nos habíamos propuesto una noche de lecturas de leyendas toledanas. Fue absolutamente puntual. “¡Estas muy guapo Justo!”, se arrancó y nos sentamos en la puerta de la iglesia. Comenzamos por “El pozo amargo”. Continuamos por “El callejón del infierno”. Seguimos con “El beso”. Y con “La dama de los ojos sin brillo”. Luego, “El Hombre de palo”. A consecuencia de las lecturas y las conversaciones,  las risas y los lamentos, las confesiones, las intimidades provocadas, el frio y la oscuridad,  las influencias mágicas de las piedras viejas, el movimiento hipnótico de las ramas en los árboles, los espionajes a las ventanas de los edificios, la presencia de los Santos, los delirios, la inconsciencia,  los cansancios, las delicias, los aplausos, las derrotas, los asomos, los dibujos, los apuntes,  las búsquedas de la proporción, las menciones y los premios, los elegidos, los personajes, la esclavitud, las miserias, duelos,  expectativas, herramientas, escondites…,los ejércitos de zombies. Nos fuimos enredando, y nos dieron las siete.